Durante décadas, padres, abuelos y entrenadores han repetido la misma advertencia: “No te metas a nadar hasta que pasen 30 minutos después de comer”. El argumento era que el proceso digestivo requería tanta sangre que los músculos se quedarían sin oxígeno, provocando calambres y aumentando el riesgo de ahogamiento. Sin embargo, la ciencia actual acaba de enterrar este mito de una vez por todas.
Un reciente estudio respaldado por la Cruz Roja Estadounidense y los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) confirmó que comer antes de nadar no eleva el riesgo de sufrir un accidente en el agua. De hecho, no existe evidencia científica sólida que respalde la necesidad de esperar media hora para lanzarse a la alberca después de una comida.
Los expertos explican que, si bien es cierto que parte del flujo sanguíneo se dirige al sistema digestivo después de comer, esta redistribución no es lo suficientemente significativa como para afectar el funcionamiento de los músculos o el rendimiento físico en el agua.
“Lo que se desvía al estómago es mínimo, y el cuerpo es perfectamente capaz de seguir funcionando con normalidad”, aseguran los investigadores. En otras palabras, nadar después de comer puede sentirse incómodo si uno ha comido en exceso, pero no representa un peligro real de ahogamiento.
Este hallazgo no solo aporta tranquilidad a millones de personas, especialmente en temporada de calor, sino que también invita a cuestionar otras creencias populares que no están basadas en evidencia científica.
Así que la próxima vez que disfrutes de un día en la playa o en la alberca, si sientes energía y ganas de nadar después de comer, adelante. Tu cuerpo está más que preparado para ello.
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